De policías y ladrones
No importa cuantas lunas pasen, la iluminación sigue siendo tenue.
No importa cuantos pájaros canten ni la paz de sus cantares, la sinfonía sigue sintiéndose amarga.
El delirio se ha posado en cada pétalo y el rocío se ha hecho eterno en unos pasos que no avanzan.
Y seguimos aquí, buscando la razón de la vida, pero buscando la vida sin dominio.
La canción se repite día tras día, pero las notas tiemblan cada vez menos.
Se ha despertado un gigante que recuerda, con nostalgia, la plenitud extraída.
Y las voces cantan a un Dios que no sienten.
Y los adultos juegan a ser niños.
No hay perdón sin olvido y el olvido ha bailado sobre las sienes de mil reos de la cárcel de la mentira.
No importa cuantos olivos planten en sus coronas, la sabiduría no les toma de la mano sin desconfiar.
Y sigue la desesperación corriendo de boca en boca.
Y sigue la locura anclada a una y cien botas.
Y sigue el mundo girando, pero los peces han dejado de nadar.
Y nos decepcionamos entre nosotros mismos, cortando alas y pintando sonrisas a la traición.
Defendiendo la pena y anidando la gracia a unas entrañas que no saben querer(se).
Y sigue la serpiente en los corderos.
Pero a pesar de todo, a pesar de nosotros,
sigue el mismo Dios sujetando nuestras manos.
Aún se defienden nuestras cuerdas, procurando que la cordura no abandone sus raíces.
Las rosas siguen atrapadas en un diré y haré, pero sus espinas sangran en otras palmas.
Y es ahí, y es en él, donde la vida podría cobrar sentido y las nubes
podrían nublar tu memoria.
Es ahí donde la paz puede cantar a mil voces y las melodías pueden sincronizar las almas para alcanzar la vida.
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