¿Qué es el hombre? - ¿Cómo saber quien eres?

Érase una vez un simio, una evolución y un despertar del sentimiento. Un paso de  Australophitecus Homo Habilis, Erectus, Sapiens. Érase una vez una historia basada en hechos, en carne y hueso, como tú quieras llamarle. Érase una vez una vida que surgió de la nada y se desarrolló de la nada, sin considerar el hombre que esa nada era una fuerza superior que con sus soplos creó la existencia. El ser humano no sería sin su ser, producto de su espíritu y producto de lo sobrenatural. Está bien estudiar lo natural, lo considerado real aunque la realidad sea subjetiva, está bien el hombre y su anhelo de conocimiento, su ciencia y su método, pero de todo es la creación divina la fuente. El simio no pensaría sin estimulación, estimulación dada por un Dios y capacidad de raciocinio dada por un Dios. Si sólo fuéramos carne, el interior no se sentiría tan propio. La humanidad no sería sino hominización sin la moral y el discernimiento, sin la emoción y el compromiso. 

Somos soplo de vida enajenado en un presente objetivo, deseos de cambio anclados a la fuerza propia, progresistas sin conocimiento. La desigualdad ignora la mirada rota de un progenitor decepcionado. Somos todo el dinero dado a un niño y su pérdida. Somos la ilusión de un porvenir floreado, el derrumbe de una torre de bienestar, la caída de nuestra misma esencia. Somos el fruto podrido de un inmenso árbol, las rocas dañadas por los mares, la injusticia y su paso de mano en mano. 

Pero antes que todo eso, somos amados. Somos hijos, alma libre, somos creados y somos hechos. Como una flor que crece en el desierto, somos nacientes trozos de estrella que han venido a hermosear el mundo. No hay elegidos, somos todos hijos del mismo Padre. Somos más que procesos aleatoriamente útiles y sinapsis funcionales, somos vida. Somos propósito, somos razón, somos posibles. Somos fe divina en un mundo mejor, la obra preciosa de un alfarero eterno, la libertad personificada. Somos movimiento y somos conciencia. Somos únicos, somos talento, somos templo mismo. Somos iglesia, alabanza, resultados de una operación increíble. Somos la inmensidad reducida a una sonrisa, el rojo vivo de un sacrificio, sauces llorones que laten, pinturas detalladas de un sueño. 

Somos atardeceres, noches y mañanas. Somos un día a día, andares confundidos, pero caminantes, al fin. Por supuesto que hay dudas, por supuesto que el entendimiento no es total, pero siempre, siempre, estarán las respuestas en la punta de tu lengua entonando una oración. Eso somos, tanto tanto que no podemos negarlo ni aceptarlo, pero somos suficientes y rebosantes. Porque sí, somos el río de un sonrío. 

/Formó, pues, Jehová Dios al hombre del polvo de la tierra, y alentó en su nariz soplo de vida; y fue el hombre en alma viviente.

Génesis 2:7/

/Porque tú formaste mis entrañas; me hiciste en el seno de mi madre. Te alabaré, porque asombrosa {y} maravillosamente he sido hecho; maravillosas son tus obras, y mi alma lo sabe muy bien. No estaba oculto de ti mi cuerpo, cuando en secreto fui formado, {y} entretejido en las profundidades de la tierra. Tus ojos vieron mi embrión, y en tu libro se escribieron todos los días que {me} fueron dados, cuando {no existía} ni uno solo de ellos.

Salmos 139:13-16/

/Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, La luna y las estrellas que tú formaste: Digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, Y el hijo del hombre, que lo visites? Pues le has hecho poco menor que los ángeles, Y coronástelo de gloria y de lustre. Hicístelo enseñorear de las obras de tus manos; Todo lo pusiste debajo de sus pies: Ovejas, y bueyes, todo ello; Y asimismo las bestias del campo. Las aves de los cielos, y los peces de la mar; Todo cuanto pasa por los senderos de la mar.

Salmos 8:3-8/

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